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12 de marzo de 2009

¿Racismo? Conmigo no es

En el programa de televisión “Enemigos Íntimos”, edición del 05/02/2009, se discutió acerca de la publicidad racista, a raíz del lanzamiento por Internet y en toda Latinoamérica, de la reciente campaña del Instituto de Idiomas Berlitz, diseñada por Leo Burnett. Podemos ver el reportaje en http://www.youtube.com/watch?v=qk6PIQL6bsY. Lo que deseo ahora discutir es la opinión de uno de los entrevistados, Gustavo Rodríguez, director de una prolífica e importante agencia de publicidad peruana, Toronja.

Rodríguez afirmó que la Publicidad no tiene la culpa de que exista el racismo en la sociedad, puesto que no es más que un reflejo de los prejuicios y estereotipos que hay en ella. Luego, se le recordó la polémica generada por dos trabajos de su empresa: el comercial “Yungay” (http://www.youtube.com/watch?v=ixoLN1NVolgy) y el afiche del Encuentro Latinoamericano de Cine de Lima de 2007 (http://utero.pe/2007/08/06/festival-de-lima-toronja-y-racismo/). Sobre el primero, señaló que ya había saldado su “deuda” con quienes lo criticaron, al realizar una campaña “para que los vigilantes sean enaltecidos, para levantarlos”. Sobre el segundo, apuntó que su compañía había tenido una lectura del afiche “que nadie vio”, pero que había surgido otra diferente. Sobre este último caso, las críticas se centraron en la presentación de un personaje de tez mestiza alejándose del cine, sin rostro, como parte de un paisaje “pintoresco” en combinación con el microbús del fondo, para el lucimiento de los actores que acuden a la sala, todos de raza blanca.

Que la publicidad no inventa el racismo es bastante evidente. Este problema tiene orígenes ancestrales y sus formas son múltiples, por lo que es imposible que un grupo de empresas formadas en la segunda mitad del siglo XX pueda haberlo originado. Pero lo que hizo Toronja con “Yungay” fue aprovecharse del racismo para promocionar un producto, al tiempo que difundía los prejuicios raciales y reproducía el imaginario racista. Nuestros actos no son aislados, tiene una conexión con la Historia. Reconstruyen o discuten las ideas que heredamos y las proyectan hacia el futuro. Para comprobarlo, basta recordar cómo se puso de moda el apelativo “Yungay” entre niños y adultos, para llamar a los guachimanes y a todos a quienes se quisiera calificar despectivamente como “cholo” o “serrano” y, en asociación, como ignorante. La publicidad no crea el racismo, pero puede consolidarlo.

Por otra parte, Toronja reconoce que no se percataron de que pudiese surgir una polémica acerca de la figura que está de espaldas en el afiche de ELCINE 2007. Esta falta de sensibilidad puede explicarse como el resultado de una constante y reiterativa negación del problema, así como de la participación de la empresa y de sus integrantes en él. Al considerar que la publicidad no inventa el racismo, que es solamente un espejo de la realidad, se niega la existencia tanto real como material del espacio simbólico que configura nuestra manera de entender la realidad y relacionarnos con los demás. Este espacio simbólico está formado por los discursos de todo tipo, como las obras literarias, las películas y los spots, mediante los cuales nos expresamos y representamos la realidad. Como productores de discursos, los publicistas, como los literatos, reconstruyen las concepciones sobre lo que significa ser peruano día tras día. Por ello mismo, este terreno es tan propicio para cambiar dichas ideas o reforzarlas.

La estrategia de la negación es el principal recurso para velar el racismo en nuestro país. En el caso de haber cometido un acto discriminatorio, se usa para no ser descalificado por el discurso políticamente correcto, puesto que en un ambiente profesional competitivo como en el que se mueven Toronja, mis lectores y el que escribe, puede traernos serios problemas. Por otra parte, si reconocemos que alguna vez nos han discriminado, corremos el riesgo de hacernos visibles dentro de las categorías racistas. Es decir, aceptamos tener rasgos que se consideran feos, inadecuados o atrasados, ya sea en nuestro aspecto físico o en nuestras costumbres. Esto, en una sociedad que registra incansablemente las cualidades mediante las cuales jerarquiza a las personas, y en donde el racismo late, muchas veces, con más fuerza que criterios como la consideración de la habilidad o la responsabilidad, es sumamente peligroso.

En “Nos habíamos choleado tanto” (Universidad de San Martín de Porres, 2007), Jorge Bruce escribe que ninguna sociedad está libre del racismo, ya que es una manera de relacionarse entre los grupos sociales para establecer diferencias entre ellos, así como reforzar la cohesión interna de cada uno. También afirma que se trata de un principio que influye en nuestras relaciones como peruanos, pero que actúa de forma inconsciente. Es decir, mientras nuestros discursos públicos se plantean como tolerantes, modernos y anti-discriminatorios, nuestros actos pueden ser todo lo contrario. Es por ello que se manifiesta en las situaciones cotidianas consideradas normales o inofensivas, cuando estamos menos preocupados de ello, como pueden ser la producción de un segmento de 30 segundos o el diseño de un afiche a colocarse en la entrada de un cine. El argumento del “descuido” en el caso de ELCINE 2007 y el de considerar que la publicidad no influye en la pervivencia del racismo operan dentro de este mecanismo de negación y ocultamiento.

Pero Bruce también subraya que las sociedades se distinguen por el grado de tolerancia que tienen frente a las acciones racistas. En ese sentido, el primer paso para combatir esta tara es reconocer que existe y promover su reconocimiento en nuestro grupo social. Asimismo, debemos, como sociedad y como familia, como barrio y como empresa, reforzar las instituciones y mecanismos que eviten la propagación y consolidación de sus prejuicios, y sancionen a quienes los ponen en práctica. Es preciso encarar la realidad, hacer visible lo que se quiere esconder detrás de la burla y el mercantilismo, reconocer los errores y enmendarlos, como bien lo ha hecho Rodríguez con respecto al tema “Yungay”. Saquémosle un poco de punta a nuestra sensibilidad como dibujantes y publicistas, pero también como profesores, empleados y amas de casa. Quizás esté en las manos de los nuevos publicistas realizar este cambio en su terreno, pero también es una responsabilidad de todos, en cada uno de los ámbitos en los que nos desarrollamos.

-Una nota al respecto de la campaña de Berlitz en <http://lahabitaciondehenryspencer.com/2009/03/04/videopublicidad-racista-de-berlitz/
-Una respuesta paradójica de Toronja con respecto al afiche ELCINE 2007 se puede leer en http://www.cinencuentro.com/2007/08/06/festival-de-lima-2007-toronja-responde-sobre-el-afiche/
-Un comentario interesante sobre el afiche es el de Alfredo Vanini en http://www.cinencuentro.com/2007/08/06/festival-de-lima-2007-analizando-el-afiche/

3 de enero de 2009

Disfraces

Eduardo es afroperuano, se está iniciando como cantante de hip-hop, viste a la manera de los músicos de ese género y cree en la necesidad de "crear disturbio". Ayer contó un episodio que le ocurrió en una fiesta en Cusco: luego de darle la mano, los otros jóvenes se recomendaban revisar si aún conservaban los cinco dedos. Eduardo "chancó" a dos de ellos para que dejaran de molestarlo. El racismo es un "todos contra todos" en el que los triunfos son efímeros y los perdedores tendrán su revancha, como el fútbol.

De hecho, el fútbol es un espacio donde el racismo se explaya con mayor libertad. Yo aprendí a ser hincha de Universitario de Deportes mientras jugaba en las calles de La Victoria, donde vivía mi abuela, distrito plenamente identificado con el clásico rival, Alianza Lima. Mientras corría en una vieja quinta, asimilé el primer axioma de mi corta edad: los blancos (o los que parecíamos blancos) éramos de la U, mientras que los negros (con todas sus variantes) eran de Alianza.

Los de la “U” éramos guerreros, ganadores, orgullosos; los de Alianza, flojos, con pinta de "choros", pobres. Había que cuidarse, pues cualquiera podía cruzar esa fina cuerda y contaminarse. Aquellas veredas fueron arduas para mi adolescencia, pues tenía miedo de que me roben y me golpeen, y me perturbaba el color de la piel de la gente que andaba a mi lado. Intentaba pasar desapercibido: un chiquillo blanquiñoso era presa fácil.

Julio Ramón Ribeyro también fue hincha de la “U” y escribió uno de los cuentos peruanos más representativos de nuestra cultura: Alienación. En un clásico artículo (“Apología de Bob López”. Ius et veritas 11 (noviembre 1995): 189-208.), Guillermo Nugent revindicó el derecho del protagonista de dicho relato a vestirse y convertirse en quien le parezca mejor. Asimismo, señaló que la mirada que ve en él a un "alienado" es un síntoma del racismo que pervive en el narrador-personaje y quizás en los lectores: los ojos de la fiera enjaulada que perciben la realidad dividida por barrotes de hierro.

Pienso en cómo el color de mi piel ha influido en la construcción de mi identidad y mi manera de experimentar la vida. Hasta hoy, ser más blanco que mis padres me ha generado cierto placer frente al espejo, junto a un sentimiento de culpa oscuro, pegajoso. Mientras jugaba en el barrio de mi abuela, aprendía a sentirme superior y amenazado. A pesar de mis estudios y mis reflexiones sobre el tema, aún me cuesta trabajo distanciarme del miedo, neutralizar la soberbia, para ver las cosas con claridad.

Mi abuela se ha mudado a un barrio más tranquilo y me ha pedido que lleve un encargo para un amigo de la familia que aún reside en La Victoria. Al volver a esas calles, percibo el temor de años atrás, aquel temblor en los ojos y mi cabeza empezando a inclinarse. Con esfuerzo alzo la frente, paseo la mirada y sigo caminando.