Mostrando entradas con la etiqueta esperanza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta esperanza. Mostrar todas las entradas

27 de julio de 2012

Los viajes

El capítulo 2 de Los ríos profundos, titulado “Los viajes”, es el que más recuerdo de aquella novela. “Es el más largo del libro, ¿no?”- le pregunté a mi amigo. “No -me dijo él-, es, precisamente, el más corto”.

Mi amigo recuerda esa novela y la lleva siempre presente. Él opina que es la mejor entre las de José María Arguedas. Conversaciones sobre su carácter lírico, más que narrativo, nos ocuparon durante algunas tardes en la universidad. Esas tardes en jardines, cafeterías, pasillos, bancos, etc. se parecían a los viajes en los que Ernesto y su padre descubrían, tras cada quebrada, el canto de la calandria y el humor de los violines. Inmensa como los valles que recorrían ambos, me imaginaba su palabra, estuario de alegrías y tristezas.

Luego de la claustrofóbica voz del viejo, figura dominante del primer capítulo de Los ríos…, el aire del vado de Cangallo:

Ya debía amanecer. Habíamos llegado a la región de los lambras, de los molles y de los árboles de tara. Bruscamente, del abra en que nace el torrente, salió una luz que nos iluminó por la espalda. Era una estrella más luminosa y helada que la luna. Cuando cayó la luz en la quebrada, las hojas de los lambras brillaron como la nieve; los árboles y las yerbas parecían témpanos rígidos; el aire mismo adquirió una especie de sólida transparencia. Mi corazón latía como dentro de una cavidad luminosa. Con luz desconocida, la estrella siguió creciendo; el camino de tierra blanca ya no era visible sino a lo lejos.
Hermosa, estremecedora, vital y a, la vez, mortuoria imagen:
Corrí hasta llegar junto a mi padre; él tenía el rostro agachado; su caballo negro también tenía brillo, y su sombra caminaba como una mancha semioscura. Era como si hubiéramos entrado en un campo de agua que reflejara el brillo de un mundo nevado. “¡Lucero grande, werak’ocha, lucero grande”, llamándonos, nos alcanzó el peón; sentía la misma exaltación ante esa luz repentina.
Como todo viaje, este también termina y el silencio del padre presagia la despedida en el capítulo III. Un nuevo viaje espera al padre solo, hacia otros pueblos, como aquellos que ya visitaron. En varios de ellos los odiaron, los quisieron “matar de hambre”. En otros, oyeron toda la noche a los mejores violinistas y arpistas del lugar. En uno de ellos, Ernesto se enamoró y cantó a la puerta de una joven de ojos azules huaynos desconocidos.

En los pueblos, a cierta hora, las aves se dirigen visiblemente a lugares ya conocidos. A los pedregales, a las huertas, a los arbustos que crecen en la orilla de las aguadas. Y según el tiempo, su vuelo es distinto. La gente del lugar no observa estos detalles, pero los viajeros, la gente que ha de irse, no los olvida. Las tuyas prefieren los árboles altos, los jilgueros duermen o descansan en los arbustos amarillos; el chihuaco canta en los árboles de hojas oscuras: el sauco, el eucalipto, el lambras; no va a los sauces. Las tórtolas vuelan a las paredes viejas y horadadas; las torcazas buscan las quebradas, los pequeños bosques de apariencia lejana; prefieren que se les oiga a cierta distancia. El gorrión es el único que está en todos los pueblos y en todas partes. El viuda pisk’o salta sobre las grandes matas de espino, abre la alas negras, las sacude, y luego grita. Los loros grandes son viajeros. Los loros pequeños prefieren los cactos, los árboles de espino. Cuando empieza a oscurecer se reparten todas esas aves en el cielo; según los pueblos toman diferentes direcciones, y sus viajes los recuerda quien las ha visto, sus trayectos no se confunden en la memoria.
¿Qué ave serás, amigo, a qué ritmo y hacia dónde te llevará tu vuelo? ¿Qué vuelos recordarás, qué capítulos, notas al pie, fronteras, cigarrillos, mujeres, piedras lúcidas, navajas, cervezas, callejones? ¿Cómo será el regreso?

Será partir de nuevo
este regreso.
De la luz
a la luz, de la nube
a los ríos,
de la fuente a la boca de las aves
y de las aves a su antiguo vuelo.
Recorriendo
con los ojos
de la tarde
las llanuras del tiempo
derramado,
abriremos
una sonrisa en cada valle.
(Quinto fragmento de “Ensayo a dos voces”, de Javier Heraud y César Calvo)

1 de diciembre de 2009

Jose María Arguedas: derribando los muros

Cuando la gente se suicida, un manto de fracaso parece teñir su existencia. El mensaje contradictorio que puede enviar a la sociedad es perturbador: si alguien puede borrarse a sí mismo de la faz de la tierra, ¿significa que la vida en sí misma no tiene un valor?, ¿es un acto egoísta contrario a la solidaridad y, por tanto, a la ética? Preguntas debatibles que se re-configuran frente a cada caso. El que nos convoca hoy es el suicidio de José María Arguedas, escritor peruano comúnmente clasificado entre los indigenistas. Arguedas se disparó en la sien el 28 de noviembre y falleció el 2 de diciembre de 1969. Han pasado 40 años desde el suicidio de Arguedas y nos seguimos preguntando si los cuestionamientos sobre su suicidio afectan su obra. Sobre todo, si el propio Arguedas retrató sus angustias finales y su decisión de suicidarse en El zorro de arriba y el zorro de abajo. En esta novela, Arguedas incluye un diario y un relato meramente ficcional, intercalados.
Imagen tomada de: Rojas, Daniel. La muerte de los Arango. http://bligoo.com/media/users/0/49205/images/Arguedas1.jpg. Visita del 1ro. de diciembre de 2009.

En el diario, cuenta cómo surgió su angustia existencial. La atribuye a sus sufrimientos infantiles, ligados al abandono del padre, al síndrome de la madre muerta (como lo estipula Carmen María Pinilla) y al trauma sexual. En el relato, cuenta cómo los hombres de todas partes del Perú viajan a Chimbote y conviven entre la pobreza y el enriquecimiento, entre la alegría y la violencia, mientras trabajan en el puerto productor de harina de pescado más grande del mundo en los años sesenta. Alrededor de esa década, nuestros abuelos o nuestros padres llegaban desde los puntos más distantes y distintos del Perú a las ciudades costeñas, o a las capitales de las regiones, buscando un mejor futuro para ellos y sus hijos. Muchas veces venían solos y muy niños, enviados por sus padres y recibidos por algún padrino, a trabajar como empleados. Escapando de la pobreza, de la violencia, con la ambición de salir adelante. Los hombres peruanos de la actualidad somos frutos vivos de esas migraciones y parte de nuestra identidad se forjó en aquellos años.

Arguedas nació en Andahuaylas, el 18 de enero de 1911. Su madre, Victoria Altamirano Navarro, falleció cuando él tenía tres años. Vivió muchos años bajo el cuidado de su adinerada madrastra, Grimanesa Arangoitia vda. De Pacheco, pues su padre, el abogado cusqueño Víctor Manuel Arguedas Arellano, viajaba constantemente. Su infancia fue contrariada: sufría por el maltrato de su madrastra y de su hermanastro, Pablo Pacheco. Cuentos como “Amor Mundo”, plagados de relaciones sexuales violentas, incluso cargadas de abuso y vejación, reflejan esta primera etapa de su vida. Desde entonces, Arguedas construye una identidad marcada por el forasterismo y el abandono: su condición de extranjero y de wakcha término quechua que quiere decir "niño huérfano, el que no tiene hogar, el desadaptado" (Esparza, 88), lo cual implica pobreza material y simbólica, desamparo. En Andahuaylas y en San Juan de Lucanas, donde vivió sus primeros años, lo recuerdan como un miembro de una familia poderosa, un misti. De hecho, el pretendió siempre sentirse un indio. En novelas como Todas las Sangres, expresa su crítica a los hacendados, clase a la que él mismo había pertenecido.

Arguedas desarrolla desde joven una vida académica y literaria orientada a encontrarse con ese otro mundo, el mundo de los indios, que anhelaba como fuente de su verdadera identidad. Es quizás, esa falta de centro, esa sensación de incertidumbre sobre su pertenencia, la que lo impulsa a encontrarse con los demás y buscar en ellos una respuesta a su soledad. Cuentos como “El forastero”, reflejan esta preocupación y patentizan que encontrar una comunión con los demás le era muy difícil. Despliega su trabajo en campos distintos. En cuanto al ensayo antropológico, destaca su estudio sobre el Valle del Mantaro, en el cual apuesta por el mestizaje y el comercio, y su tesis de doctorado en Letras: Las comunidades de España y del Perú.

Entre su narrativa breve, recuerdo con especial cariño “Los escoleros”, cuento pleno en ternura y defensa del indio; así como “La agonía de Rasu Ñiti”, exquisito relato plagado de magia y herencia. Entre sus novelas, la más celebrada es Los ríos profundos, donde se reflejan sus distintas posiciones sobre los conflictos sociales y políticos del régimen de las haciendas, y despliega su reclamo por la justicia social. Igualmente, cabe resaltar sus traducciones, como Canciones y cantos del pueblo quechua, donde recoge la tradición oral vigente; y Dioses y hombres de Huarochirí, ancestral recopilación de relatos prehispánicos que inspirarían Los zorros.

Sobre su posición política, es notable que no se adhiriera a ningún partido político, pero expresó su rechazo al autoritarismo y el dominio económico y político extranjero. En 1956, renunció al nombramiento impositivo por Odría como Director de Cultura. Expresó en distintas ocasiones su simpatía por los partidos de izquierda y colaboró en algunas actividades culturales que estos organizaban; pero también los criticó cuando no coincidía con sus propuestas. El marxismo, según declara en Los zorros le permitió ordenar su visión del mundo y guiar sus esfuerzos, pero “no mató en mí lo mágico” (14). Desempeñó diversos cargos: en 1953 fue nombrado jefe del Instituto Etnológico del Museo de la Cultura; en 1963, director de la Casa de la Cultura del Perú; en 1964, asumió la dirección del Museo Nacional de la Historia. Desde dichas instituciones, publicó varias revistas etnológicas y culturales, y se consolidó como la figura más representativa del indigenismo.

En su obra se patentizan los procesos que vivió nuestro país en un momento clave para el reconocimiento de las culturas andinas e, incluso, de los productos culturales de los migrantes. Sin la obra de artistas y pensadores como Arguedas hubiese sido imposible el otorgamiento Premio Nacional de Cultura en la categoría de arte, en 1975, al retablista ayacuchano Joaquín López Antay. Aquello que experimentamos desde hace 30 años como el boom comercial de la música andina ya lo había alentado Arguedas recopilando y promoviendo la producción discográfica andina. Los vientos que impulsan a revalorar la lengua quechua y otras lenguas aborígenes ya los movía Arguedas, a través de sus traducciones y su obra literaria, en la que buscaba un estilo propio que culminaría en un castellano intervenido por rasgos quechuas. El reconocimiento actual de nuestra diversidad cultural a través de la música, la gastronomía y otras manifestaciones culturales, y la lucha que vivimos actualmente para dejar de tratar a la cultura como un concepto de cámara o élites, incluyendo a las culturas andinas y urbanas como nuestra riqueza y nuestra identidad, fue forjado por intelectuales como Arguedas, que proponía crear desde nuestra diferencia cultural, desde lo que nos es propio como peruanos.

Imagen tomada de: Amauta. El barranco. http://www.amautaspaSpanishnish.com/amautaspanish/culture/literature/work.asp?CodWork=4. Visita del 1ro. De diciembre de 2009.

Pensar que su suicidio expresa la derrota de sus ideales es quedarse en un análisis bastante superficial. Es necesario evitar caer en el fatalismo y en el derrotismo que a veces nos caracterizan como peruanos, y revalorar el mensaje de Arguedas como gestor y promotor cultural: apostar por nuestra diversidad y por la justicia en contextos en los que la violencia política, el autoritarismo y la represión nos han golpeado tanto y nos siguen golpeando. Es urgente, para ello, que abramos las posibilidades de expresión, desde la Casa de la Literatura y todas las instancias culturales, a los creadores de todo el país, más allá de sus contactos, sus amistades o sus vinculaciones políticas con el poder.

“¿Es mucho menos lo que sabemos que la gran esperanza que sentimos, Gustavo?” (Arguedas, V: 197), pregunta Arguedas al padre Gustavo Gutiérrez, en el “¿Último diario?” de “Los zorros”. Un diario especialmente sentimental, en el que Arguedas se despide y pide que en él despidan a un tiempo del Perú en el que las injusticias económicas y el desprecio por la cultura andina fueron hegemónicas. Él siente que, con su trabajo, ha colaborado con que en el país comiencen a derribarse las barreras que nos separaban. Nuestra política de todos los días, la guerra interna que hemos pasado hace poquísimo tiempo, el autoritarismo, la pobreza pertinaz, parecen renovar esos muros, esos silencios que impiden un diálogo abierto y enriquecedor entre peruanos. Arguedas señala un campo de batalla para la liberación de dichas taras: las mentalidades, las identidades, la cultura. Pues es en el terreno en que nos concebimos como parte de un grupo y distintos a otros grupos en que se reactualizan las barreas que nos separan como peruanos y nos dividen, en la decisiva y tenaz cotidianeidad de nuestros encuentros universitarios, nuestras mesas culturales, nuestras reuniones entre académicos, etc.

Sus lecciones resuenan en nuestras aulas, en los pasillos de las universidades, entre las paredes de esta nueva Casa de la Literatura Peruana. Para que convirtamos los muros en puertas, y la imposición de cánones den lugar a espacios de diálogo y encuentro. Para que quebremos nuestros “círculos” de relaciones académicas o políticas, y experimentemos artes e influencias nuevas, que enriquezcan la interpretación de la realidad peruana desde puntos de vistas diversos y novedosos. Porque el Perú es una realidad amplia y compleja que no podremos apreciar con pertinencia mientras privilegiemos un tipo de miradas. Cuando se habla de diversidad y democracia, y siempre son las mismas personas y las mismas instituciones quienes lo hacen, es inevitable apreciar la paradoja: no se puede apostar por el diálogo excluyendo a quienes no nos son cercanos; no puede apostarse por la diversidad incluyendo solo a quienes concuerdan con nosotros.

Culminaré refiriendo una conversación que mantuvo Arguedas con el doctor Fernando Silva Santisteban, narrada por este último: “Un día me llevó su libro ‘El Sexto’. Cuando regresé a Lima, me preguntó qué me había parecido. ‘Me ha deprimido’, le dije. ‘¿Y no ves una esperanza al final del túnel?’. ‘¿La muerte?’, bromeé. ‘¡Esa es la esperanza!’, me dijo” (Silva Santisteban, A12). En el “¿Último diario?”, Arguedas concluye que su muerte no significa el final de su lucha, pues ésta, espera el autor, ha de ser continuada por las generaciones venideras: “Las crisis se resuelven mejorando la salud de los vivientes . . . . Un pueblo no es mortal, y el Perú es un cuerpo cargado de poderosa savia ardiente de vida, impaciente por realizarse” (V: 198).

La muerte se enviste de esperanza en Los zorros porque, en primer lugar, el individuo no existe únicamente en sí mismo, sino que como, resalta Del Mastro (124), trasciende en sociedad con la entrega de una obra dedicada a los demás. Y en segundo lugar, porque en la lucha contra la muerte emerge el deseo por mejorar la vida, por buscar una experiencia corporal y sexual que reintegren al individuo consigo mismo, así como por alcanzar la liberación en el presente de las relaciones humanas y sociales, sin que ello implique la violencia o el odio. Esta misma esperanza se trasluce en la simpatía que expresa por la obra del padre Gustavo Gutiérrez, fundador de la Teología de la Liberación.

Los zorros es parte de una lucha por la reivindicación de la cultura andina y la liberación del Perú del dominio extranjero, que debe llevarse a cabo “sin rabia”, apostando por el reconocimiento y el diálogo, “en armonía de fuerzas que por muy contrarias que sean” pueden dialogar para “alimentar el conocimiento” (254) de la realidad peruana. Arguedas espera que las generaciones siguientes podamos encontrar en el diálogo y la solidaridad un gozo y una fortaleza que nos permitan aprovechar las posibilidades que laten en el Perú “mientras hierve”, donde “cualquier hombre no engrilletado y embrutecido por el egoísmo puede vivir, feliz, todas las patrias” (246).

Bibliografía:
Arguedas, José María. Obras completas. 5 vols. Lima: Editorial Horizonte, 1983.
Del Mastro, César. Sombras y rostros del otro en la narrativa de José María Arguedas. Una lectura desde la filosofía de Emmanuel Levinás. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Centro de Estudios y Publicaciones e Instituto Bartolomé de las Casas, 2007.
Esparza, Cecilia. El Perú en la memoria. Sujeto y nación en la escritura autobiográfica. Lima: Red Para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2006.
Pinilla Cisneros, Carmen María. El complejo de la madre muerta: alcances sobre la afectividad, la comprensión y la muerte en la vida de J.M Arguedas. Tesis de Maestría. Pontificia Universidad Católica del Perú. Lima, 2008.
Silva Santisteban, Fernando. Entrevista con David Hidalgo. “Tras los pasos del hombre.” El Comercio 9 de Mayo 2005, A12.

30 de septiembre de 2009

La sal de cada día

Una colega me pidió que escribiera un post sobre educación. Ya se viene, ya se viene; por ahora, uno chiquito sobre mi educación de todos los días.

En el Perú, uno camina y se encuentra a cada paso con realidades contrastantes, ambiguas, desconcertantes... parece un barrio eterno, grande, de calles anchas, a veces truncas, sin salida... Pero llega esa gente positiva, bacán, que te devuelve, aunque sea un instante, la esperanza. Esa gente no sólo está entre reflectores o sobre lozas deportivas. Les das la mano, les explicas algún tema, les cuentas un pequeño chisme, le pides que te den un vaso de agua. Son tu familia, tus amigos, tus alumnos, tus recuerdos...

Esa gente es la que, cuando llegas al trabajo te sonríe, te saluda y te da un comentario agradable sobre tu ropa, tu pelo, tu clase de ayer, tu blog, tu enamorada o cualquier cosita que sabe que te dará ánimos. Es la que te pregunta si has sacado a pasear a tu perro, o cómo vas con tu tesis, o qué tal le va a tu mamá. Te pide que te quedes un ratito más para seguir riéndose de tus tontas bromas, que la acompañes a hacerse un piercing, que la llames apenas puedas, que no dejes de venir al partido de fulbito. O simplemente te miran, con ojos abiertos, sinceros, sin segundas intenciones.

Son gente que te quiere no de una manera perfecta, sino de la forma en que pueden hacerlo; y le echan ese poquito de sal que le falta a tu vida, le lavan la cara a tu mañana.

... y no me olvido de los que te critican con razón y afecto; esas personas son, simplemente, invalorables. Allí éstan a mis alumnos, que piden una segunda oportunidad para mejorar esa mala nota, que reniegan cuando no les sale bien un ejercicio, que critican los textos que les mandas a leer y dicen que no están de acuerdo con ellos, que preguntan una y otra vez hasta que les explicas correctamente, que no dudan en decir "no entiendo" y exigir más, por su bien, por mi bien, por el bien de todos. Enseñar en la Universidad, en estos tiempos, en nuestras condiciones, a la gente nuestra, es una bendición que no dejo de agradecer cada día. A pesar de los pesares, intuyo que pronto hemos de cosechar lo bueno que sembramos.

Aquí les dejo un video donde aparecen algunas de esas personas que a todos los peruanos nos dieron esa buena onda. Las mías, mi madre, mi padre, mi enamorada, mi tía Manuela, Lucero... con esas me quedo yo, y me voy corriendo a darles un abrazo.

http://www.youtube.com/watch?v=sR4IjTUIoZ4

24 de marzo de 2009

La marca de la esperanza

En la película «La teta asustada», de Claudia Llosa, la presencia de la muerte —de varios tipos de muerte— es tremendamente fuerte. Es el oponente mayor de la protagonista, su principal rival, y se presenta de maneras sumamente crueles y pertinaces. La percibimos con terrible claridad en la primera escena, en que la madre canta la espantosa violencia que tuvo que sufrir cuando fue violada y obligada a comerse el pene de su esposo asesinado, en el contexto de la guerra interna que sufrió el Perú no hace más de 20 años. Sentado en la negra sala, nunca tan oscura, recordé los numerosos testimonios de víctimas del terrorismo y las FF.AA., recogidos en el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, y otros trabajos. Lo que más me impresionó, paradójicamente, es que el episodio narrado en la película, a la luz de esos documentos, no me pareciera, en lo absoluto y a pesar de su gran carga poética, un hecho ficcional exagerado. Era extremadamente real.


Como nos recuerda el padre Gustavo Gutiérrez en «Entre la experiencia y la esperanza del Perú»[1], en aquel Informe Final se refieren «dos escándalos contra los que hay que luchar para que no se repitan: el asesinato y el maltrato de tantos, especialmente entre los más pobres e insignificantes, y la indolencia de la mayoría de la población. Todo esto, qué duda cabe, ha dejado una marca muy fuerte en nuestro país» (2004, 44). Esta marca hereda Fausta, dicen sus familiares, a través de la leche que lactó en su primera edad, y el legado de aquella indiferencia la sufre en el egoísmo de la señora pianista, luego del éxito del concierto. La traición de esta mujer, aunque enmarcada dentro de un contexto de desequilibrio psicológico, no deja de ser sugerente sobre las actitudes que los pertenecientes a la cultura limeña tenemos con respecto a los peruanos que viven o migran desde la sierra y la selva. Su actitud es egocéntrica, y busca expulsar de su propia historia de frustración, progreso y creación, la influencia de una persona considerada inferior por una serie de prejuicios ancestrales que arrastramos como una pesada mochila en cada calle, en cada esquina. El objetivo de obligarla a salir del auto es hacer como si no hubiese participado en la concepción de la hermosa pieza; es más, como si nunca hubiese existido.

En medio de este panorama de hondo pesar, encontramos también a gente que acompaña a la protagonista de forma fiel y cercana, como su tío y el jardinero, así como a personas que evidencian una gran alegría, como sus primos, y los niños que bailan y juegan. Son las ganas de vivir de la gente en medio de lo que consideramos comúnmente como «pobreza», un término relativo una vez que observamos las actitudes de los diferentes personajes de la película. Como dice el tío en la fiesta del matrimonio: «A pesar de todo, la vida tiene cosas maravillosas». Esta presencia que, por momentos, parece solo el fondo de un cuadro en el cual el dolor de Fausta se ahonda y la aísla, es otra marca, opuesta a la experiencia de dolor mencionada anteriormente. Es la marca de la esperanza.

Siguiendo a Gutiérrez: «simultáneamente al maltrato al que ya he hecho referencia, en medio de los pobres está presente, asimismo, la alegría de vivir, de hacer proyectos, la increíble capacidad, profundamente humana, de nuestro pueblo, de enfrentar con esperanza las vicisitudes de la vida» (2004, 44-45). En la generosidad del jardinero, la comprensión y la paciencia del tío, en la belleza de la música que ella misma ha inspirado, Fausta va redescubriendo el valor de su propia vida. La experiencia del dolor la sumió en un estado de depresión que la hacía ver en cada hombre a los violadores y asesinos de sus padres. Pero la esperanza que le inspira el presente, con la gente que la ayuda, la hace cuestionar íntimamente si acaso su destino sea distinto a la simple repetición de las tragedias de su madre.

Es en este lento despertar que Fausta reclama por sus perlas en quechua, y su reclamo va más allá de aquel episodio amargo. Es un reclamo en contra del dolor que ha tenido que encapsular en su cuerpo y la ha consumido hasta anularla como ser social. En su insondable soledad, Fausta encuentra un motivo por el cual gritar y protestar. Es el punto crítico de un despertar que se inició con la amistad del jardinero y que se desata con el ahogo que casi le provoca su tío en la noche del matrimonio. «¿Ves cómo respiras?», le pregunta el tío, «¿ves como quieres vivir?», le grita, rogándole que regrese de la muerte que la tenía atrapada, que dormía bajo su cotidianeidad, como el cadáver de la madre escondido bajo la cama.

Quisiera volver nuevamente al hermoso artículo del Padre Gutiérrez para explicar la actuación de la esperanza en el camino de Fausta. Él también hace referencia a una película, «Río Místico» de Clint Eastwood, en que los personajes también se conducen motivados por el trauma y el dolor en un círculo de «fatalidad ... un destino ineluctable al que no pueden escapar. Hay algo de tragedia en una situación que se impone a todos. En esa camisa de fuerza los personajes discurren por sendas predecibles. Es un mundo sin esperanza y, por consiguiente, sin libertad; en él, la esperanza significaría una ruptura, la afirmación de que las rutas no están trazadas de antemano es posible. La esperanza nos devuelve a la libertad, a la convicción de que podemos tomar la vida en nuestras manos» (2004, 34-35).

Luego de que Fausta entierra a su madre a orillas del mar, la pantalla se oscurece y parece que la película hubiese terminado. Pero vuelve a iluminarse. Estamos ahora en el techo de la casa de Fausta en las alturas de un pueblo joven, en un cerro de Lima. Allí una niña le enseña a un niño a zapatear y bailar con la alegría de sus mayores. La niña es quien le avisa a Fausta que la buscan. En este hermoso final, es la alegría de una nueva generación que conserva y vive la energía del baile andino quien llama a la protagonista a abrir la puerta de una nueva vida, como la amistad del jardinero y el amor de su tío la han reclamado desde la orilla de los vivos. Lo que encuentra afuera es un hermoso símbolo de esperanza, la constatación de un presente plenamente vivo y la promesa de un futuro distinto, quizás de un romance, quizás de una familia. Un regalo que encierra, en su humildad, un silencioso aroma de esperanza y de libertad.

[1] GUTIÉRREZ, Gustavo
2004      «Entre la experiencia y la esperanza del Perú». En Gustavo Gutiérrez. Profesor emérito del Departamento de Teología. Lima, Cuadernos del Archivo de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 

-Vean el tráiler de la película en: http://www.youtube.com/watch?v=hAxBkfBBTTI
-Y el artículo del Padre Gutiérrez en formato digital en: http://revistas.pucp.edu.pe/ojs/index.php/summa/article/view/39/45